Fin de la plasto-serie.
El domingo 14 volvimos a casita. Y no debimos de hacer nada muy reseñable, porque de lo único que me acuerdo es de que estábamos en el aeropuerto cuatro horas antes de que saliera nuestro avión. Bueno, estuvimos comiendo en el Léon de Bruxelles, un garito especializado en mejillones. En realidad, es una cadena, y sólo en París hay cinco o seis, pero yo sólo he estado en uno (dos veces), cerca de la Ópera.
Incluso tienen su propia cerveza. La cosa consiste en que hacen los mejillones de un montón de maneras diferentes. Y te sacan "frites a volonté"; es decir, todas las patatas fritas que te puedas comer. Es mejor que el McDonalds, aunque un poco más caro. Tampoco demasiado.
Y esto es todo. A partir de ahora, como no tengo ningún viajecito en perspectiva, vuelvo a los mensajes normales. Es decir: cortos, escasos e insustanciales. Para qué variar.
06 enero 2004
14/12 A casita
13/12 Amiguitos
Como he escrito en la entrada anterior, no sé si me acuerdo muy bien de los detalles de nuestros últimos días en París. Al fin y al cabo, uno de los motivos para contar mis viajes aquí es que luego puedo releerlo y acordarme. Si alguien tiene quejas, no hay problema, le devuelvo su dinero.
El sábado iba a ser nuestro penúltimo día en París, el último entero. Notamos el fin de semana desde el primer momento, ya que la pequeña sala donde desayunábamos estaba repleta. Acabamos sentándonos en la mesa de un par de chicas alemanas a las que conocíamos ligeramente, pues la mañana anterior habían sido ellas quienes se habían sentado a la nuestra. En Alemania es bastante habitual que la gente se siente en las mesas de los demás, si no están completas. Incluso en los restaurantes. En Francia no llegan a tanto pero, al menos en París, la distancia entre mesas no suele ser superior a dos centímetros. Recuerdo que, hace unos años, unos yanquis intentaron montar el numerito en "Au pied de cochon", un restaurante bastante concurrido de la zona de Les Halles, porque la mesa en que les ponían estaba pegada a la nuestra. Pues lo normal, chavales.
Por cierto, "Au pied de cochon" es un sitio que vale la pena si os gusta el cerdo. El plato típico en ese restaurante son las manitas de cerdo, como su propio nombre indica, pero tienen muchas más cosas. Además, está abierto las 24 horas del día.
Volvamos a lo nuestro. A Raquel se le ocurrió que podía ser una buena idea ir a La Défence. Curioso, porque siempre la había oído decir que no le gustaba nada. Por eso mismo, yo no había estado nunca. Pues hala, a La Défence.
La Défence es una zona moderna de París, creo que construyeron todo hace quince años. Es un grupo de rascacielos de oficinas junto a un enorme "arco" rectangular, todo ello situado a las afueras de París. Se puede subir al arco mediante unos ascensores, y hay una excelente vista de París desde allí. El arco está construido en un promontorio situado exactamente alineado con los Campos Elíseos, así que los ves como si partieran la ciudad en dos. Además, hay una sala de exposiciones bastante interesante allí arriba.
Como era Navidad, claro, había un mercado navideño abajo. Claro, por eso quería ir Raquel a La Défence, para patear el mercadillo. Lo cierto es que estaba muy bien, era grande, con muchos puestos y muchas cosas interesantes. Echamos el resto de la mañana recorriéndolo, aunque no compramos muchas cosas (alguna, sí). Despues de ver todos y cada uno de los puestos, fuimos a un chiringuito alsaciano a comer. Al menos yo. Me zampé una andouillette, que es una especie de salchicha gorda, aunque te la servían deshecha, metida en pan y con un montón de mostaza. La mostaza era de esa que pica un montón, pero sólo en la nariz. Así que, con no respirar mientras mordía listo. Muy rica. Para acompañar, aprovechando que hacía frío, me aticé un vaso de vino caliente, brebaje que los alsacianos beben sin parar en invierno, con lo que cogen unos pedos de consideración. Creo que le echan canela y tiene un sabor peculiar. "Peculiar" puede sustituirse por la palabra que mejor os parezca, claro. Pero la andouillette estaba buena.
Mi plan para la tarde era ir a ver la exposición de dibujos de Alan Lee y John Howe que inauguraban ese mismo día en la Biblioteca Nacional. Alan Lee y John Howe son, probablemente, los mejores dibujantes del mundo sobre El Señor de los Anillos, por lo que ambos fueron contratados para el diseño conceptual de las tres películas. Y la exposición era, claro, sobre los diseños de las pelis. Pero parece que a Raquel no le apetecía mucho porque, cada vez que lo nombraba, cambiaba de tema. Así que me quedé sin verla.
De manera que bajamos directamente hacia Montparnasse, donde ella había quedado con su amiga Lola. Lola es una chica de Pamplona que trabaja como periodista en París, a la que Raquel conoció allí (eso de que las dos sean de Pamplona es casualidad). Claro que, antes, pasamos por "sus casas". Es decir: la Fnac y el Etam. En realidad, en la Fnac no estuvimos mucho, sólo lo suficiente para comprar el quinto libro de Harry Potter en francés (ya se había leído los cuatro primeros también en francés, no era cuestión de cambiar ahora). Entonces no sabíamos que en las Fnac de España también lo han traído en francés, porque acababa de salir. En cambio, en el Etam estuvimos más rato. Hay algún Etam en España, pero sólo de lencería, y lo que a ella le gusta es la ropa, conque tenía que aprovechar el viaje. Bueno, no puedo quejarme demasiado; en menos de un cuarto de hora ya se había comprado la camiseta que quería.
Luego, compramos una botella de vino navarro y fuimos a la estación de Montparnasse, donde habíamos quedado con Lola. No estuvimos mucho con ella porque tenía que irse a cenar con no sé quién, pero bueno, nos vimos un rato.
El vino era para llevarlo a casa de Valérie. El día anterior no la habíamos visto, pero habíamos quedado para cenar con ella. Además, estarían María, Nati y Pique, el novio de Nati (de María y Nati ya os he hablado en el día anterior). Valérie vive en Montparnasse, por eso habíamos bajado hasta allí. Conocimos a sus gemelos, que no pueden ser más diferentes. De acuerdo, son bivitelinos (es decir, mellizos), pero es que no se parecen nada. Yo creía que todos los niños de diez meses son iguales, pero estos no. Según parece, Pierre es el atleta y no para quieto un segundo, mientras que Alexandre es el intelectual y no se mueve, de manera que pesa bastante más que su hermano. Así que allí estuvimos jugando con los dos, incluso el pobre Pique, que no aguanta a los niños. Pero claro, se los echábamos encima y tenía que aguantarse.
El plan inicial era que Philippe, el marido de Valérie, se quedara con los niños mientras nosotros bajábamos a cenar, pero el tío se escaqueó y se quedó en el trabajo. Sin problemas: Valérie los dejó durmiendo en casa y se bajo el walkie-talkie al restaurante. Al fin y al cabo, estaba justo debajo de su casa; si se despertaban, en medio minuto estaba arriba.
Una vez más, cenamos en un italiano, aunque esta vez no hubo problema para encontrar algo que le gustara a María. Bastante bien todo, y los niños, ni se cantearon. Lo único malo fue que a Raquel, al final de la cena, le dio por contarle a Valérie la situación política española con todo lujo de detalles, así que me entró un sueño que para qué. Y es que, cuando se enfada, habla muy despacio y no deja meter baza a nadie.
Ya era tarde cuando salimos, pero todavía podíamos coger el último metro. Así que nos despedimos y fuimos para allá. Al pasar por Châtelet, entró en nuestro vagón un tipo con un perrazo enorme. Sí, está prohibido, pero cualquiera le decía nada, con el tamaño del bicho y el hermoso collar de pinchos que llevaba. En realidad, resultó ser de lo más pacífico. No sé de dónde era el chaval; se puso a preguntar a los demás pasajeros si alguien sabía donde estaba la "Estación Central", en un inglés no demasiado bueno, pero no le cacé el acento. No tenía pinta de muchas luces, conque podía perfectamente ser inglés. Tampoco entendía demasiado las explicaciones que le daban sobre el hecho de que París tiene muchas estaciones de tren, ninguna de ellas llamada "Central", y que todo dependía de hacia dónde quería ir. Como parecía no tenerlo muy claro, al final lo mandamos a la Gare du Nord, por la que pasaba nuestra línea de metro. También preguntó por dónde había "squats". Pues no, mira, mala suerte.
Afortunadamente, nosotros no necesitábamos squat porque teníamos nuestra camita en el hotel esperándonos. Buenas noches.
18 diciembre 2003
12/12 Con los parásitos
El viernes quedamos para comer con los ex-compañeros de Raquel. Ella estuvo cuatro años trabajando en una universidad de París (París VI, Pierre & Marie Curie), en un departamento de Química. Y claro, sigue habiendo amigos suyos allí, conque teníamos que verles. Una cuadrilla de parásitos: en lugar de dedicarse a cosas útiles, como salir en los programas del corazón o participar en Operación Triunfo, se pasan el tiempo haciendo experimentitos a costa del contribuyente.
La universidad está en Jussieu, en pleno Barrio Latino; de hecho, ocupa la torre de Jussieu, el tercer edificio más alto de París (tras la Torre Eiffel y la Torre de Montparnasse). Eso sí, es bastante más fea que las otras dos. Mucho más fea.
Antes de ir hacia allí estuvimos por las dos islas, la de San Luis y la de la Cité. Son dos islas fluviales, en medio del Sena, muy cercanas la una a la otra. París se originó en estas islas; en tiempos de los romanos, cuando aún era Lutetia, sólo ocupaba la isla de la Cité.
Hoy día, la isla de San Luis es el barrio más caro de París. Más caro que los Campos Elíseos. Allí está el piso donde vivían la infanta y Marichalar "como una pareja más". Perdonad que ponga la frasecita: es que creo que, pese a los denodados esfuerzos de tantas y tantas personas, no se ha inventado todavía otra más ridícula en toda la historia de la Humanidad. Es bastante pequeña, se recorre a pie en un rato, y desde luego el vecindario es precioso. Hay bastantes tiendas de regalos, no tan caras como se puede uno imaginar, y con género meritorio. Más buen gusto que ostentación.
La isla de la Cité, comunicada con la de San Luis por un pequeño puente, es como os decía antes el origen de París; de ahí su nombre. Sin ser inmensa, es bastante más grande que la de San Luis. Es bastante turística porque aquí está la catedral de Notre-Dame. Que, como siempre, estaba en obras, aunque con menos andamios que otras veces. Los parisinos han tenido el buen gusto de no rodear la catedral con edificios que la tapen; sólo a uno de los lados hay edificios bajos, aunque con una calle de por medio. Al otro lado está el río y tanto delante como detrás hay jardines, así que ofrece una buena vista desde cualquier flanco. En cuanto al interior... la verdad, no estoy seguro de haber entrado nunca. En cualquier caso, esta vez sólo anduvimos un rato por los alrededores, nos hicimos un par de fotos y nos marchamos, porque se nos hacía tarde.
Por cierto; la vista de París a través del Sena, desde la isla de la Cité, es para no perdérsela. Lástima de la horrenda torre de Jussieu, que estropea el panorama. Y hacia allí nos dirigíamos.
Ya había estado alguna vez en el laboratorio de Raquel, así que conocía a bastante gente. No estaba su amiga Valérie porque se había tenido que quedar en casa cuidando a sus gemelos, que estaban enfermos. Desde que se fue Raquel, hace un año, ha habido epidemia de gemelos en el laboratorio; aparte de Valérie, también tuvo gemelos Cyrille (que, pese al nombre, es un chico). Cyrille sí que estaba por allí, y se vino a comer con nosotros. Además, vino Nati, una chica de Granada a la que ya conocía de otras veces, María, otra chica canaria que cogió el contrato de Raquel cuando ella volvió a España (por tanto, la conocí en ese momento) y Bernard, un técnico del laboratorio casado con una española y que habla bastante bien nuestro idioma. Sí, hay muchos españoles en París.
Nos llevaron a un restaurante italiano cercano, pequeño, con poca carta, pero bien puesta. Allí me di cuenta de lo mal que lo tiene que estar pasando la pobre María; en algo más de un año que lleva, aún no ha aprendido a hablar francés y sigue odiando la comida francesa. Ya sé que el restaurante era italiano, pero a ella le parecía comida francesa. La carta tenía doce o catorce platos, de los que a ella le gustaban... cero. Y no es que tuvieran cosas raras, o que a la chica no le gustara la pasta. Ésta es una breve lista de las cosas que no le gustaban y por las que no podía elegir ningún plato:
- berenjenas
- crema fresca
- mantequilla
- verduras (sí, en general)
- vino blanco
- ciruelas
Había unas cuantas más, desde luego. Jo, y me quejo de que a Raquel no le gusta nada. Entre el camarero y todos los demás que estaban con nosotros intentaban buscar qué plato podían hacerle para que comiera. Digo "los demás" porque yo, lo siento mucho, pero no aguanto a esta gente con tan poca capacidad de adaptación. Así que me mantuve aparte, me callé y esperé a ver si arreglaban algo. Al final, le hicieron un plato de pasta con tomate y un poco de queso por encima, y a correr.
Durante la comida me di cuenta de que mi francés cada vez es peor. No entendía casi nada de lo que decía Cyrille. Por suerte, estaba en la otra punta de la mesa y los que había a mi lado hablábamos en castellano. Tendré que ponerme un poco las pilas. Claro que, en este viaje, llevaba a Raquel de intérprete, conque no necesitaba mucho el idioma.
Después de comer, los demás volvieron al trabajo y Raquel y yo nos fuimos a ver el jardín botánico, que está al lado de Jussieu. No es nada del otro mundo, pero a mí me gustan mucho este tipo de jardines. Sobre todo, si tienen buenos árboles. Hay uno en el lago Constanza que pude visitar hace un par de años, fabuloso. Ocupa toda una isla que, de hecho, se llama "la isla de las flores", pero lo mejor es el arboretum. Maravilloso. El de París, en cambio, es más sencillito, aunque tiene una cierta extensión. Fuimos andando por él hasta la estación de Austerlitz, a la salida del mismo. Y decidimos, en lugar de coger el autobús hacia algún otro sitio, volver a Jussieu andando y coger el bulevar Saint-Germain hasta la iglesia de Saint-Germain-des-Prés.
Seguramente hay muchos edificios más bonitos en París, pero ése es mi favorito, no sé por qué. Además, al lado, en la plaza del mismo nombre, había un mercadillo navideño bastante bonito. Lo recorrimos, pero no compramos nada.
Luego estuvimos mirando por los alrededores porque en esa zona hay muchos clubes de jazz y quería ir a uno esa noche. Localizamos uno en el que esa noche tocaba un grupo de jazz manouche, el estilo fundado por Django Reinhardt y Stéphane Grapelli hace sesenta años. Jazz tocado sobre todo con guitarras acústicas, con bastante swing e influencias gitanas; por algo Django era gitano. Así que ya teníamos garito para la noche.
Mientras hacíamos tiempo para cenar, a Raquel se le ocurrió ir a la Torre Eiffel. Pues venga. Cogimos un autobús y para allá que nos fuimos.
Claro que la espera fue un poco castigadora. La parada del autobús estaba justo enfrente de "La maison du chocolat", una de las muchísimas tiendas de chocolate que hay en París. La verdad, no entiendo cómo las francesas son tan lánguidas y están tan flacas; con esas tiendas, es para atiborrarse de chocolate y olvidarse del resto del mundo. Pero nos contuvimos.
Era la primera vez que visitaba la Torre de noche. Claro que no tenía mucho mérito, porque a las cinco ya era noche cerrada. Para quienes no hayáis estado nunca, os diré que la Torre Eiffel está en medio de los Campos de Marte; es decir, en medio de una explanada, con lo que resulta todavía más impresionante. Además, había nubes bajas y apenas se veía la punta, pese a estar toda iluminada. Claro, estaba llena de vendedores de souvenirs, pero no eran muy plastas.
Cruzamos el Sena, que está justo detrás de la Torre, para subir hasta el Trocadero. Desde allí, como está en alto, hay una vista muy buena de la Torre. Además, dieron entonces las seis y pudimos ver el numerito que montan a las horas en punto. Han llenado la Torre de bombillitas dispersas y, durante diez minutos, apagan las que recorren su silueta y encienden las otras de forma intermitente y aparentemente caótica, con lo que parece que están electrocutando la Torre. Simple y chorrón, pero resultón.
Cuando nos cansamos, cogimos otro autobús de vuelta a Saint-Germain-des-Prés y buscar un sitio para cenar. Por cierto, colarse en el autobús es lo más fácil del mundo en París. Si llevas abono no hace falta pasarlo por la maquinita; teóricamente, hay que enseñárselo al conductor, pero nadie lo hace. Así que puedes entrar sin billete y nadie te dice nada. Y no, no hay mucho peligro de que pase un revisor. Dice Raquel que en sus cuatro años en París, y mira que ella cogía el autobús siempre que podía, sólo ha visto un revisor una vez. Es curioso, pero las tres únicas veces que recuerdo haberme colado en el autobús ha sido fuera de España. Una fue en París, pero en otro viaje, porque esta vez llevaba abono.
Habíamos pensado en ir a comer cus-cús el sábado, pero se nos ocurrió cambiarlo por la cena de ese mismo día. A Raquel le encanta el cus-cús y yo estoy harto de ir con ella a comerlo aquí en España y luego tener que aguantar sus quejas todo el día porque no se lo dan a su gusto. De manera que teníamos que aprovechar que allí, sí. Sólo teníamos que encontrar un restaurante de la morisma, cosa bastante fácil en París.
Empecé a acordarme de otro día, hace muchos años, en Ginebra, cuando necesitábamos un banco y no encontrábamos ninguno. En la ciudad con mayor densidad de bancos por metro cuadrado del mundo. Pues en los alrededores de Saint-Germain-des-Prés nos estaba pasando lo mismo. Estaba lleno de restaurantes, pero ninguno árabe. Eso sí, encontramos un callejón precioso, de esos que salen en las películas, donde está la Casa Catalana. Los catalanes que leáis esto podéis estar orgullosos del sitio que han elegido. Pero sólo vimos un sitio donde anunciaban cus-cús y no nos hizo mucha gracia. En la puerta ponía "Cous-cous, paëlla" (en francés, paella se escribe con diéresis en la e para que no hagan diptongo). Es decir, que lo mismo hacen una cosa que otra, lo que quieren es que entren los turistas. Y, claro, tenían a un tipo en la puerta de reclamo. Nada, mal rollo.
Al final, después de tomar una cerveza en un irlandés en el que nos machacaron con una música espantosa (MTV en horario baboso), Raquel decidió que fuéramos hacia Saint-Michel, que está cerca, y lleno de sitios que ella conocía. El bulevar Saint-Michel, en efecto, es perpendicular al Saint-Germain y ya me había llevado otro día a comer cus-cús, con buenos resultados. Aunque me cagué en la madre del que inventó el picante que ponían para el cus-cús.
Esta vez aterrizamos en el restaurante adyacente al de la otra vez. Por nada en especial; tal vez porque era el único sin reclamo en la puerta. Y nos pusimos morados. Pero a reventar, oye. Además, como no pedimos vino, la cuenta no subió mucho. En cierta ocasión oí a alguien decir en la tele que, cuando dos personas salen a cenar en Francia, pagan la cuenta de tres; el tercero es el vino. Y es cierto, es carísimo. En cambio, la comida en sí tiene un precio razonable. Comparada con otras cosas, incluso barato.
El problema fue que, al salir, Raquel casi no se podía mover de lo llena que estaba, conque decidimos volver al hotel y dejar lo del club de jazz para otro día. En realidad, para otra visita, claro, pero yo también había fastidiado la salida un par de días antes, así que no podía quejarme. Al menos, me había vengado del mísero bocata del día anterior.
17 diciembre 2003
11/12 Somos turistas, explotadnos
Después de unas diez horitas sobando, el jueves me levanté como una rosa (gracias por los buenos deseos, Rapun). Afortunadamente, nuestro hotel era semi-civilizado, para lo que se estila por esos lares, y servían el desayuno hasta las diez. Aunque lo cierto es que ningún día tuvimos que apurar el horario, siempre estábamos antes de las nueve y media papeando.
Decidimos subir hacia Pigalle y Montmartre, que están cerca del hotel. Así que nos fiamos de la orientación de Raquel, tras tantos años viviendo en París, y salimos andando en dirección contraria. Menos mal que llevábamos su plano encima y pudimos rectificar antes de irnos muy lejos. Al menos, el paseíto nos sirvió para darnos cuenta de que estábamos bastante cerca de la Gare du Nord, donde nos dejaba el RER del aeropuerto, así que podíamos ahorrarnos los dos transbordos de metro cuando volviéramos el domingo si íbamos hasta allí andando.
La zona de Pigalle es donde están la mayoría de los cabarets y similares. Además, hay un mercado y bastante ambiente, incluso de día. Pero bueno, no anduvimos demasiado por allí y en seguida subimos al cercano Montmartre. Como su nombre indica, Montmartre está en un monte. Es el barrio típico de los artistas, hoy día muy dedicado al turismo. Tiene su gracia, pero te cansas de que te asalten constantemente para hacerte un retrato o venderte cualquier chorrada.
Antes de eso entramos en el Sacré-Coeur, la iglesia favorita de Raquel. No es muy grande, neoclásica (como tantos edificios parisinos) y tiene un interior bastante bonito. Vale la pena si pasáis por allí.
Cuando bajábamos de Montmartre empezó a llover. Y nosotros, fiándonos de la información meteorológica que habíamos visto en la tele del hotel antes de salir, no habíamos cogido los paraguas. De todos modos, todavía no caía mucho cuando llegamos al restaurante donde teníamos pensado comer. Es un sitio pequeñito que conocía Raquel llamado "L'eté au pente douce". Pues sí, "El verano en una suave pendiente". ¿Se os ocurre un nombre más parisino? Y sí, a mí también se me ocurren otros calificativos que se le pueden aplicar.
En realidad, no es un local turístico. Tienen cocina del sur de Francia y precios económicos, así que se veía bastante clientela habitual. Yo me aticé una especie de empanada de cordero, bastante abundante. Y Raquel una ensalada de esas con todo lo que se te ocurra puesto encima. La pena es que, como es habitual, la bebida iba aparte, y por un vaso de vino que bordeaba lo peleón me clavaron cuatro euros. Aparte de eso, bien.
A la salida ya estaba lloviendo con ganas y, como todavía no habíamos bajado del todo Montmartre, no había metro cerca. Nos mojamos bastante hasta llegar a una boca que tampoco estaba demasiado lejos de nuestro hotel, pero no queríamos calarnos más.
Al hotel sólo volvimos para coger los paraguas y salimos otra vez. Se nos ocurrió que, en vez de coger el metro, era mejor intentar ir en autobús a todas partes; así veíamos la ciudad por el camino. Y casi todo París merece la pena verse.
Hay que aclarar que París no es una ciudad tan grande como pueda parecer. El municipio en sí es más pequeño que Madrid, por ejemplo. Ocurre que no puede crecer más porque está completamente rodeado por la Banlieu, todo un conglomerado de poblaciones que rodean la capital francesa. Toda la aglomeración, creo que tiene unos ocho millones de habitantes, pero lo cierto es que la Banlieu no ofrece muchos atractivos turísticos. En general, es bastante fea. Tal vez lo más destacable sea la catedral de Saint Denis, donde están enterrados todos los reyes de Francia, desde la época de los francos. En este viaje no fuimos, pero sí hace unos años. Siendo Raquel navarra, nos llamó la atención que todos los reyes están enterrados como "Roi de la France et de la Navarre", pese a que Navarra dejó de tener relación con Francia en 1512. Pues bien, incluso Luis XVIII, que reinó en pleno siglo XIX, figura como Rey de Francia y Navarra.
En fin, volvamos a nuestro autobús. Vale la pena ir a todas partes andando, a menos que estés muy lejos, pero ya os he dicho que llovía bastante. Aunque claro, la lluvia hacía que los cristales del autobús se empañasen y tampoco veíamos demasiado. De todos modos, volvimos a bajar hacia Châtelet, esta vez con más idea de ver monumentos. Pasamos por una iglesia preciosa que no conocíamos, la de Saint Germain des Auxerroises, y nos metimos por el centro de la ciudad. Terminamos junto al Hôtel de Ville, en una exposición sobre Edith Piaf, en el 40 aniversario de su muerte.
Probablemente haya algún (o alguna) fan de Edith Piaf leyendo esto, porque abundan. Pero yo, la verdad, no lo soy. Sin embargo, sí me gusta oír de vez en cuando alguna canción suya. Y he de reconocer que nadie ha pronunciado jamás las erres como ella. A ver quién es capaz de decir "je ne regrette rien" como ella. Y es curioso que la imagen que muchos tienen de ella es la de una señora mayor muy seria; estilo María Dolores Pradera, vaya. En realidad, nunca fue una señora mayor (murió a los 48 años) y en los vídeos de sus actuaciones televisivas que proyectaban se la veía constantemente haciendo bromas y riéndose.
Después de un rato más pateando la zona, hasta llegar a las cercanías del Louvre, nos fuimos hacia Luxembourg a un garito en el que tocaba un grupo de jazz. Resultó ser un local chiquito en el que los músicos tenían que tocar bastante bajito. Además, tenían una cantante, y a mí el jazz cantado no me gusta demasiado. Con alguna excepción, claro. Pero lo veo demasiado encorsetado. En fin, que nos fuimos al cabo de un rato y, como seguía haciendo frío, tiramos para casa. No sin antes parar por Châtelet (aprovechando que teníamos abono de transporte) a comprar un bocata para la cena.
Lo del abono de transporte es un consejo que puedo dar a cualquiera que quiera visitar cualquier ciudad durante unos días. A veces no sale a cuenta, pero es penoso dejar de ver algo por no coger un metro, cuando te has gastado una pasta en el viaje. Así, sabes que todo tu transporte está ya pagado y puedes ir a donde quieras por el mismo precio. Acabas viendo muchas más cosas. Y cansándote menos, que al cabo de unos días de estar 12 horas en la calle, ya no te sostienen los pies.
Y aquí termina nuestro segundo día, porque ya volvimos al hotel y a la camita.
16 diciembre 2003
10/12 Llegamos a París
Tan sólo un par de días después de volver de la RAM, engancho con otra. Raquel y yo nos vamos a París, aprovechando que a los dos nos quedan días de vacaciones. Cuando se volvió a España, Raquel prometió que todos los años volvería a París, y ya se estaba acabando el primero sin cumplirlo.
Cogimos el avión a la una menos diez del mediodía, una hora bastante razonable para marmotas como yo, aunque las prisas y ansias habituales de Raquel hicieron que estuviéramos en el aeropuerto casi dos horas antes. El avión iba casi vacío, una experiencia nueva para mí. Claro que no suelo volar a esas horas de un miércoles. Cuando íbamos a llegar, el piloto anunció que en París hacía "un poco de fresco": tres grados. A mediodía. Agh.
Menos mal que íbamos bien preparados para el frío. Conque recogimos las maletas (las nuestras salieron las primeras, otra experiencia nueva) y cogimos el RER para dirigirnos hacia nuestro hotel.
El RER (Réseau Express Régional) es el cercanías de París. Tiene cinco líneas, ramificadas en los extremos y, a diferencia de los cercanías españoles, se puede transbordar con el metro sin necesidad de comprar otro billete. De todos modos, nos costaba casi ocho euros cada uno para llegar desde Charles de Gaulle hasta París.
Nuestro hotel estaba cerca de Opera, junto a la calle La Fayette y a cincuenta metros escasos del célebre Folies Bergère. Como cabía esperar en el centro de París, era canijo. De estos en que, para que entre el sol, tienes que salir tú. Pero el personal era amable y estaba bien cuidado. Al fin y al cabo, sólo lo queríamos para dormir y desayunar, conque no necesitábamos grandes lujos.
Una vez hubimos tomado posesión de la habitación y dejado las maletas, empezamos a patear la ciudad. A eso habíamos venido, al fin y al cabo.
Bajamos por la Rue La Fayette hasta la plaza de la Opera, donde está la Ópera central de París, que no es la más utilizada. La principal, hoy día, es la de la Bastilla. De todos modos, sigue habiendo representaciones operísticas en este teatro que, por otro lado, es realmente bonito por fuera. Nunca he entrado en él, aunque hay visitas guiadas.
Después de zascandilear un rato por ahí y comprar "L'Officiel des Spectacles" (el equivalente a la Guía del Ocio, aunque mucho más barato), decidimos mirar qué había interesante ese día y bajamos hacia Châtelet a un pub irlandés donde tocaba un grupo de música celta.
Châtelet es, más o menos, el centro de París. Allí está el ayuntamiento (u Hôtel de Ville), el llamativo Centro Pompidou y muchas más cosas. Entre otras, un montón de bares, restaurantes y puestos callejeros. Seguramente, es mi zona favorita de París para salir por la noche. Claro que hacía frío y no teníamos muchas ganas de callejear. Así que decidimos hacer tiempo cenando. En otros lugares de Francia no es así, pero los horarios de las comidas en París no son muy distintos de los españoles. Un poco más temprano, pero no demasiado. Así que a las ocho todavía estaban bastante vacíos los restaurantes.
Decidimos ir a un mexicano que conocíamos llamado Pecos Grill (es un mexicano normal y corriente, tampoco esperéis un nombre muy glamouroso). Al llegar, vimos que había cambiado bastante. Ni siquiera se llamaba igual, aunque mantenía un cartel con el antiguo nombre. Ahora era el Chispa Café. Ya lo sé, todavía más feo. Pero el sitio está bien, dan buenas raciones y no es muy caro. Me puse bastante morado de burritos.
Se me olvidaba mencionar una particualridad del RER y el Metro en París. Se puede transbordar de uno a otro, como he escrito antes, pero normalmente las estaciones tienen nombres diferentes. Así, la estación de RER de la zona (la más concurrida de París) se llama Châtelet - Les Halles, mientras que el metro tiene dos estaciones diferentes, una llamada Châtelet y la otra, lo habéis adivinado, Les Halles. Las tres estaciones están comunicadas, formando un transbordo monstruoso. Además, es una zona en la que el alcantarillado es antiguo, lo que da lugar a filtraciones y a un olorcillo peculiar que Raquel llama "Eau de Châtelet". Sí, huele a caca. En verano, teniendo en cuenta que el metro parisino no tiene aire acondicionado, el resultado es bastante nauseabundo.
Cuento esto ahora porque ya no hicimos nada más. Yo tenía un dolor de muelas bastante fuerte que se me había extendido hacia la gargante y la sien, conque no tenía ganas de ir al garito de música celta. Raquel protestó porque, como es habitual, no le valía para nada, pero nos volvimos al hotel. Y, al poco rato de llegar, ya estaba durmiendo como un tocino.
Lo reconozco, soy un flojo.
Ah, Paguí
Anoche volví de mi viaje a París. Ha sido muy distinto del de Nueva York, porque ya había estado un montón de veces y conocía la ciudad. Pero creo que os va a caer otra plasto-serie. Un poco más corta, porque hemos estado menos días.
Mañana la empiezo, que ahora es muy tarde.